Semiofagia

Literatura, sociedad y vainas otras, desde un faro a la deriva.

sábado 28 de enero de 2012

Experimento III



Las arcas halan.
Era la Casa del Lago,
neonatal oír,
alude muslos,
fue bar afanado
a ramas.


A ola, vela tira,
bisturí saca
si Rut sibarita
leva loas a Mara,
o dan a Farabeuf
sol, su medulario.


Lata, Noé:
nogal le das
a cal arenal,
ah,
sacra sal.

jueves 12 de enero de 2012

A una agonía




El cielo se te cae, viejo mortero,
en los gruñidos que a tus lustros ya es tan pura
voz que quien ciego desde siempre resucita
hecho cenizas y dice azul o meteorito
durante el hálito que quede entre jirones.

Ya no es el segundero esta montaña
en tierra del minutero cielo, acaso aroma:
daga de filo bajo bajo olvido coralino:
ha vuelto llaga como una profecía,
en el último saco postal amordazada.

Hora es de cosechar trenos y gemidos,
los silencios, los ecos nonatos, hiel de lirio.
Hay que tañer la voz hasta abrir coágulos:
no más ver la era de canallas, sin inercia
aniquilado, anhelo o rabia:
comprendes que termina
y has comprendido todo.

Y a tu silencio postrero empotre emblemas
de aquel año en cuya muerte refugiaste
a un alma confundida como un simio,
que al pensar lo venidero anida un puño,
qué si no el mausoleo de un vuelve mudo
o el cállate que sisean las hachas quietas.

Diciembre de 2011.
DR (RSR)

Imagen:  Holocausto.

viernes 9 de diciembre de 2011

Poemas juveniles de Jaime Reyes




Coleccionar libros conlleva paciencia, oportunidad y dejar que se manifiesten el destino. Así, llega a mis manos Salgo del oscuro, una plaquette editada por Tarjetas de trabajo en 1971, por lo que es la primera colección de poemas publicado de este autor mexicano. Comparto los tres primeros poemas en instantáneas, así como la portada.




Nota: El dibujo de la portada es de Arturo Pastrana.




jueves 24 de noviembre de 2011

Blackout I





Qué paso en falso crispa el oscilar del vidrio absorto,
y la visión —nombre imperial— colude hegemonías,
menea pasividades,
indolente paroxismo de oleaje claustrofóbico su tacto, su canto,
chamusquinas de libélulas re verbera
antes que la palabra misma,
golpe postergado del aire y sus testigos.

Un tumbo y el cielo usa de magra arquitectura
hocicos plúmbeos,
instante de desliz hoqueante, muerte erecta
nomás visible a tus párpados soldados,
lenta víctima de alumbrar cismas del barro,
último tiro.

Las lacras pignoran su palabra tartamuda,
cal y polvo de cemento
hasta aletear al fin,
volver renacido a un dolor letal
que se sacrificó a solas
y se olvidará pronto.

Instante al revés,
promesa sin palabras,
testamento del presente en arena que escapa
por los costales de las vacas gordas.


Octubre de 2011


Foto: Tomada de artecallejero.com

DR (RSR)


jueves 10 de noviembre de 2011

Dos poemas de "Cuaderno de noviembre", de David Huerta.



Editado por Era (1976, México), un poemario que marca un antecedente en temas, estilo y voz a la obra posterior más ambiciosa, como Incurable. Una poesía proteica, de acoso al tema, a la obsesión o la pulsión que cataliza el acto de escribir, además de una preocupación por la noche y por la lengua, que se percibe en esta obra versicular de un confeso y evidente influjo lezamiano.


*
Una palabra que sobresale de un sueño traza sus ecuadores con imparcialidad
y después llega al vaticano de la mirada y solicita toda nuestra atención para tocar su materia.


Sucede aquí en la página: las vicisitudes del sueño son racimos de murmullos,
la palabra es como una persona sofocada y sale de esa multitud,
hace su tarea laboriosa, se escucha en el pasillo del yo
y después aguarda en la tibieza de un silencio meticuloso y magnánimo.


El sueño es la espiga de plomo que se trilla para sacar esa palabra como una medalla líquida,
todavía chorreando pedazos de "mirada interior".
Es el trance de la palabra lo que no ceja y tampoco se propaga:
consiste en un rodeo, en una explicación. Es el fardo de la persona, la especie de tesoro que guarda
sin que el sueño intervenga más que para llenar los resquicios con el sentido de la "mirada interior";
es un haz de historias de la persona, un conjunto de cuerpos recordados,
de hechos y postergaciones, de otras palabras también y de registros inhumanos.


Las adivinaciones que sobreviven bajo el trance de la palabra
son parte de aquel racimo que se ha mencionado: las adivinaciones influirán en la artesanía del trance
y lo disiparán. Entonces la palabra, que aguardaba en los rincones del sueño,
oye, una y dos veces, otra palabra: la que dice "entonces".


Vienen las deducciones de la palabra a llenar el hueco de la espera.


(Es una espera redonda, nostálgica, un poco miope; el sueño
la ha preparado con una delicadeza espectral y dulce,
con una energía de pesadumbre, con una astilla moral...)


El trance de la palabra le da fuerza al sueño, la espera no contiene ya más que un rastro,
las adivinaciones llegan hasta los labios y mezclan sus otoños para hacer primavera,
dan sus trinos tenaces a la voz y organizan su libro destellante,
las ojivas que su amor dibuja: se dice la palabra, el sueño retrocede,
las adivinaciones obedecen a la cúpula de aparecer.


La crónica de lo que ha sucedido puede leerse en el poema que se llama hablar o conversar.
La persona extiende sus "manos interiores", se propaga, se oye.




*
El nombre debe coleccionar sus mutaciones y su seguridad, si la tradición desemboca en el "texto",
la palabra y el dicente, el insigne lector y su sombra civil
tendrán la limpieza del espejo o la línea de un sentido,
el poder de inscribir en el "ánimo" todo su desconcierto, aún la fertilidad de lo extraño
que sedimenta el espacio del nombre y sus tareas.


Reunido en la benigna aurora de sus reanudaciones, el nombre es una larva que se ignora,
una fuerza de diccionario que sin cesar amarillea, listado de imposibles reflejos.


Pobre constelación agazapada, mar despojado, sin el amor de su retórica, el nombre en el silencio:
el medianil su pozo, la medida de sus temores un error deslizado
hasta el arbusto de la pronunciación o la linde ojival de las frases escritas.


Seguido de sí mismo, el nombre levantado.


Foto: San Juan de Letrán y Av. Hidalgo, 1968, Ciudad de México.

miércoles 13 de julio de 2011

"Piedras heridas" de Eusebio Ruvalcaba


Un poema que tiene el mérito del pulso firme ahí donde por definición es un sismógrafo. Poema por momentos (personales, del lector, y del texto, del autor) bofetada de netas. Es, según el autor (Guadalajara, 1951) un homenaje a Malcolm Lowry.


Piedras heridas
Antes que de palabras y preposiciones,
los hombres estamos hechos de huesos
y vísceras. Recordamos a nuestro padre
y las lágrimas sobrevienen. Antes
de reflexionar que aquel desencantado viejo
fue nuestro padre.
Pocos, escasísimos poetas resisten la prueba
de fuego de ser leídos durante una cruda mortal.
Ordena uno su trago,
se abre el libro donde caiga,
o, si se trata de un libro conocido,
se lo abre en uno de los poemas favoritos,
justo ahí donde está el separador o el subrayado
verde. Y de pronto aquel poeta se reblandece.
Se va haciendo agua hasta que gota a gota va a dar
al suelo.
Naturalmente que nadie somete la poesía a estas
pruebas. La poesía es sublime.
Tan grande, tan solemne, tan importante,
que no es para leerse en una cantina
donde todo es vulgar, procaz, inhóspito. La poesía
debe leerse en las aulas universitarias,
las alcobas cuando han sido prolijamente aseadas.
O también en el avión
o, a lo más, en el café. La feroz cruda todo lo echa
a perder. Pero también ayuda. Esto es extraño.
¿Cómo va a ayudar una cruda? Simplemente
coloca al lector en el umbral de la muerte.
Algo que un abstemio nunca podrá sentir.
Entonces se lee sin complacencias.
Porque no hay atrás de ese acto de leer un afán
que vaya más allá del acto de leer.
Nadie se preocupa por someterla poesía a un análisis riguroso.
Sencillamente se trata
de no quedarse dormido, de que la poesía
te dé una mano,
te ayude a entender que estás vivo,
de que entre poesía y cruda sacudan tu espíritu,
levanten tu mano y te permitan
ordenar la siguiente.
La cruda no se deja sobornar —la poesía sí.
No admite concesiones.
Nada de quedarse con la superficie del lenguaje,
por más apacible y sugestivo que parezca.
De algún modo la cruda te obliga a ser honesto.
Los crudos nunca dicen cosas importantes,
pero sí profundas. De dos centímetros
de profundidad. Cosas hechas de jirones
de vida, resabios de una existencia
que está por irse. Los crudos se sienten miserables.
Los persigue una angustia que no los deja
ni marcar el teléfono. Sudan
todo el tiempo.
Las manos les tiemblan, y lloran a la menor
provocación. Creen que el mundo se va a acabar
a la vuelta de la esquina. Por eso desconfían de todo.
Porque no saben
dónde se va a producir
el primer golpe. Y, acaso por eso, aquilatan como
nadie la dulzuray la comprensión. Aunque sea unas cuantas gotas.
Porque si no les entra la desconfianza.
Leer en una cantina aísla más al individuo.
Lo pone más en contacto con su mundo interior.
Una cantina no es una biblioteca. Y digo que aísla
más al individuo porque es él y el libro.
Afuera el mundo bulle. En forma de violencia o de
arte, de desplomes financieros o de encuentros amorosos,
afuera nadie se detiene a pensar
en ese lector encontrándose con la poesía.
Un encuentro intrascendente.
Aquí no hay suplementos ni canales
culturales para tomar nota.
Nadie le pide una entrevistaa un crudo
para saber cuáles son sus libros de cabecera.
Nadie se acerca a un crudo para mirarle los ojos
mientras lee. Para captar en su mirada
esa chispa de misericordia divina,
de que aún le está permitido leer ese poema.
El crudo no tiene más elementos para gustar
de un poema de los que tiene un niño.
Ambos sienten en carne propia el misterio
de la poesía. Ambos levitan cuando escuchan
o leen ese poema.
Tal vez por eso un crudo lee un poema como si
fuera el último.
Porque está harto de palabras.
Quiere hechos. Quiere sentir.
Quiere que el poema le haga sentir cosas.
Sentir alivio o conmiseración. Si ya siente
sobre sí toda la podredumbre humana,
es justo que el poema le retribuya piedad.
Una cruda reduce a un hombre a su condición
verdadera: la de un insecto.
Un bicho que puede ser aplastado
de un pisotón. A su lado, todo es grandioso y
vale la pena de ser enaltecido y ponderado.
Un crudo sabe que una brizna de hierba
tiene más importancia que la que él podrá
cosechar algún día. Un crudo lo sabe y no opone
resistencia. Por eso lee con fruición.
Porque el poema no le exige cuentas.
Lo acepta como es. Sin reparos.
Menos que una brizna de hierba.




Tomado del blog lapluma.blogia.
Imagen: Patrona de las resacas, tomada de aquí.

lunes 4 de julio de 2011

Poemas de Cintio Vitier



Los reproduzco de Hojas perdidizas (México, El Equilibrista, 1988), un libro de madurez de este autor cubano, nacido en Florida.


Suspiro de autor


Uno dice, pero no era eso,
lo que tenía que decir; otro no dice
nada, pero no era eso
lo que tenía que decir; otro
desdice con decir lo que no dijo
sin querer; otro quisiera decir algo
que no deja nunca de decir; otro se calla
lo que había sed de que dijera; otro dice
lo que ya no hay oído para oír; otro inaugura
un almacén de dichos inservibles; otro llega
cuando los invitados se despiden; otro
sube, diciendo, escaleras fatigosas
que dan a ningún sitio; otro, en fin, dijera
o dijese, pero deja
la cosa mendicante en el vacío.




El hijo pródigo


Me fui lejos a ver, a ver qué había.


Pasé pór un fuego clandestino.


Estuve solo entre los mío.


Un leño ardía, la cal ardía blanca y ciega.


Regresé con despojos que yo no deseaba.


Terrible es el deseo del deseo,
sol a plomo.




Con la ola
Me voy, me estoy yendo
hacia las puntas más finas de los árboles,
hacia el cielo nublado de este marzo
en que el ciclo de la vida está cumplido:


el ciclo de la vida que ahora empieza
para ti, para él, para quien sea
el que inerme se abalanza con la ola.


Me estoy yendo, me iba
desde aquella tardecita que soñaba
con sus hojas tan leves en vivir
otra vida que es ésta que se acaba.


Que no se acaba nunca, que es el reino
de la ira, de lo infinito, lo que falta.


Con la ola.




El espejo de Dostoievski


Me iba ya de la casa
que no estaba ocupada ni vacía,
que no está en el borde de los vivos y los muertos,
llena de cosas maduras por el uso y el desuso, tan tenaces,
con los ojos abiertos a la sombra—

cuando volví sobre mis pasos.


Fue quizá el sombrero bajo el cristal,
el bastón oscuro, desgastado por la punta
los dos paraguas inútiles en la bastonera,
no esperando a nadie, ausentes
de toda mano.


Algo faltaba, aquello
por lo que él llevaba la tercera taza de té a su escritorio
y escribía salvajemente toda la noche blanca como una página
cuyo blancor lechoso flota sobre el Neva
y no es posible llenarla con ninguna mirada.


Entonces miré su espejo:
vértigo, miedo, audacia, tentación indecifrable.
No mirarme en él (absurdo), sino mirarlo a él,
a su espejo sin él, desnudo de él, ovalado
en su marco de madera.


Todo tan pobre, tan alucinante, tan real.


(Él no inventaba nada, me dijeron: ésa es la ventana
lívida de la usurera: si escribe veintitrés escalones,
son veintitrés, ni uno más, ni uno menos. Es decir,
me digo, lo inventaba todo como era. Estoy
en su casa.)


La visita no había concluido.
Volví sobre mis pasos, regresé, como si ya
me hubiera acostumbrado, tan pronto, a aquel lugar,
a aquella pequeña salida o entrada que él usaba.
Me paré frente al espejo, escudriñando, interrumpiendo su desierto río,
expuesto, idiota, indetenible, decidido a todo.


Entonces vi lo que faltaba.


Fotografía: The reader of Dostoievsky, Jan Saudek. Tomada de este blog.