Editado por Era (1976, México), un poemario que marca un antecedente en temas, estilo y voz a la obra posterior más ambiciosa, como Incurable. Una poesía proteica, de acoso al tema, a la obsesión o la pulsión que cataliza el acto de escribir, además de una preocupación por la noche y por la lengua, que se percibe en esta obra versicular de un confeso y evidente influjo lezamiano.
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Una palabra que sobresale de un sueño traza sus ecuadores con imparcialidad
y después llega al vaticano de la mirada y solicita toda nuestra atención para tocar su materia.
Sucede aquí en la página: las vicisitudes del sueño son racimos de murmullos,
la palabra es como una persona sofocada y sale de esa multitud,
hace su tarea laboriosa, se escucha en el pasillo del yo
y después aguarda en la tibieza de un silencio meticuloso y magnánimo.
El sueño es la espiga de plomo que se trilla para sacar esa palabra como una medalla líquida,
todavía chorreando pedazos de "mirada interior".
Es el trance de la palabra lo que no ceja y tampoco se propaga:
consiste en un rodeo, en una explicación. Es el fardo de la persona, la especie de tesoro que guarda
sin que el sueño intervenga más que para llenar los resquicios con el sentido de la "mirada interior";
es un haz de historias de la persona, un conjunto de cuerpos recordados,
de hechos y postergaciones, de otras palabras también y de registros inhumanos.
Las adivinaciones que sobreviven bajo el trance de la palabra
son parte de aquel racimo que se ha mencionado: las adivinaciones influirán en la artesanía del trance
y lo disiparán. Entonces la palabra, que aguardaba en los rincones del sueño,
oye, una y dos veces, otra palabra: la que dice "entonces".
Vienen las deducciones de la palabra a llenar el hueco de la espera.
(Es una espera redonda, nostálgica, un poco miope; el sueño
la ha preparado con una delicadeza espectral y dulce,
con una energía de pesadumbre, con una astilla moral...)
El trance de la palabra le da fuerza al sueño, la espera no contiene ya más que un rastro,
las adivinaciones llegan hasta los labios y mezclan sus otoños para hacer primavera,
dan sus trinos tenaces a la voz y organizan su libro destellante,
las ojivas que su amor dibuja: se dice la palabra, el sueño retrocede,
las adivinaciones obedecen a la cúpula de aparecer.
La crónica de lo que ha sucedido puede leerse en el poema que se llama hablar o conversar.
La persona extiende sus "manos interiores", se propaga, se oye.
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El nombre debe coleccionar sus mutaciones y su seguridad, si la tradición desemboca en el "texto",
la palabra y el dicente, el insigne lector y su sombra civil
tendrán la limpieza del espejo o la línea de un sentido,
el poder de inscribir en el "ánimo" todo su desconcierto, aún la fertilidad de lo extraño
que sedimenta el espacio del nombre y sus tareas.
Reunido en la benigna aurora de sus reanudaciones, el nombre es una larva que se ignora,
una fuerza de diccionario que sin cesar amarillea, listado de imposibles reflejos.
Pobre constelación agazapada, mar despojado, sin el amor de su retórica, el nombre en el silencio:
el medianil su pozo, la medida de sus temores un error deslizado
hasta el arbusto de la pronunciación o la linde ojival de las frases escritas.
Seguido de sí mismo, el nombre levantado.
Foto: San Juan de Letrán y Av. Hidalgo, 1968, Ciudad de México.


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