Literatura, sociedad y vainas otras, desde un faro a la deriva.

lunes 4 de julio de 2011

Poemas de Cintio Vitier



Los reproduzco de Hojas perdidizas (México, El Equilibrista, 1988), un libro de madurez de este autor cubano, nacido en Florida.


Suspiro de autor


Uno dice, pero no era eso,
lo que tenía que decir; otro no dice
nada, pero no era eso
lo que tenía que decir; otro
desdice con decir lo que no dijo
sin querer; otro quisiera decir algo
que no deja nunca de decir; otro se calla
lo que había sed de que dijera; otro dice
lo que ya no hay oído para oír; otro inaugura
un almacén de dichos inservibles; otro llega
cuando los invitados se despiden; otro
sube, diciendo, escaleras fatigosas
que dan a ningún sitio; otro, en fin, dijera
o dijese, pero deja
la cosa mendicante en el vacío.




El hijo pródigo


Me fui lejos a ver, a ver qué había.


Pasé pór un fuego clandestino.


Estuve solo entre los mío.


Un leño ardía, la cal ardía blanca y ciega.


Regresé con despojos que yo no deseaba.


Terrible es el deseo del deseo,
sol a plomo.




Con la ola
Me voy, me estoy yendo
hacia las puntas más finas de los árboles,
hacia el cielo nublado de este marzo
en que el ciclo de la vida está cumplido:


el ciclo de la vida que ahora empieza
para ti, para él, para quien sea
el que inerme se abalanza con la ola.


Me estoy yendo, me iba
desde aquella tardecita que soñaba
con sus hojas tan leves en vivir
otra vida que es ésta que se acaba.


Que no se acaba nunca, que es el reino
de la ira, de lo infinito, lo que falta.


Con la ola.




El espejo de Dostoievski


Me iba ya de la casa
que no estaba ocupada ni vacía,
que no está en el borde de los vivos y los muertos,
llena de cosas maduras por el uso y el desuso, tan tenaces,
con los ojos abiertos a la sombra—

cuando volví sobre mis pasos.


Fue quizá el sombrero bajo el cristal,
el bastón oscuro, desgastado por la punta
los dos paraguas inútiles en la bastonera,
no esperando a nadie, ausentes
de toda mano.


Algo faltaba, aquello
por lo que él llevaba la tercera taza de té a su escritorio
y escribía salvajemente toda la noche blanca como una página
cuyo blancor lechoso flota sobre el Neva
y no es posible llenarla con ninguna mirada.


Entonces miré su espejo:
vértigo, miedo, audacia, tentación indecifrable.
No mirarme en él (absurdo), sino mirarlo a él,
a su espejo sin él, desnudo de él, ovalado
en su marco de madera.


Todo tan pobre, tan alucinante, tan real.


(Él no inventaba nada, me dijeron: ésa es la ventana
lívida de la usurera: si escribe veintitrés escalones,
son veintitrés, ni uno más, ni uno menos. Es decir,
me digo, lo inventaba todo como era. Estoy
en su casa.)


La visita no había concluido.
Volví sobre mis pasos, regresé, como si ya
me hubiera acostumbrado, tan pronto, a aquel lugar,
a aquella pequeña salida o entrada que él usaba.
Me paré frente al espejo, escudriñando, interrumpiendo su desierto río,
expuesto, idiota, indetenible, decidido a todo.


Entonces vi lo que faltaba.


Fotografía: The reader of Dostoievsky, Jan Saudek. Tomada de este blog.

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